Por Doctora Cristina Martín Jiménez
Qué tiempos aquellos en los que preguntar acerca del origen del COVID te convertía automáticamente en conspiranoico, negacionista y enemigo de la ciencia.
Ahora resulta que un informante de la CIA declara ante el Senado que la agencia habría espiado investigaciones internas acerca del virus mientras ocultaba información sensible. Y, casualmente, reaparece el nombre del inmunólogo Anthony Fauci. El mismo Fauci que durante años fue presentado poco menos que como un sumo sacerdote científico incuestionable.
La acusación es deliciosa: científicos relacionados con investigaciones financiadas desde estructuras estadounidenses habrían redactado artículos “independientes” para desacreditar precisamente la hipótesis que amenazaba sus propios intereses.
Magnífico. Los mismos que financiaban la investigación ayudaban después a fabricar el consenso científico acerca de su origen. Y los medios, por supuesto, hicieron el resto: censura, ridiculización y linchamiento público para cualquiera que hiciera preguntas incómodas.
La ciencia jamás había estado tan politizada. Ni la política tan disfrazada de ciencia. Pero tranquilos: dentro de unos años muchos de los mismos expertos que llamaban “bulo peligroso” a todo esto escribirán libros explicando que ellos siempre tuvieron dudas. Como ocurrió siempre. Como ocurrirá otra vez.
James Erdman III, oficial superior de operaciones y denunciante de la CIA, presta juramento durante una audiencia del Comité de Seguridad Nacional del Senado en el Capitolio en Washington, D.C., el 13 de mayo de 2026
El informante de la CIA, James Erdman III, testificó el miércoles en una audiencia explosiva que la administración Biden ocultó un análisis que concluía que una fuga en un laboratorio era el origen más probable de la pandemia de COVID-19
La comparecencia del informante de la CIA ante el Senado dejó cuatro momentos especialmente explosivos. Y todos tienen algo en común: durante años cualquier cosa relacionada con esto era automáticamente etiquetada como conspiración.
Primer momento: la acusación de que dentro de la CIA se habría presionado para favorecer una narrativa concreta acerca del origen del COVID.
Segundo: la denuncia de vigilancia interna contra investigadores que no seguían la versión oficial.
Tercero: la aparición, otra vez, del inmunólogo Anthony Fauci y de científicos vinculados a estructuras que financiaban investigaciones mientras participaban después en la construcción del supuesto “consenso independiente”.
Y cuarto: el reconocimiento implícito de algo todavía más inquietante… Washington sabía mucho más acerca del origen del virus de lo que admitió públicamente.
Qué extraordinaria casualidad que tantas “teorías conspirativas” estén envejeciendo tan bien.
El presidente del Comité de Seguridad Nacional y Asuntos Gubernamentales del Senado, Rand Paul, republicano por Kentucky, dijo que Erdman, un veterano de la CIA con dos décadas de experiencia, optó por testificar sobre el presunto encubrimiento asumiendo un «gran riesgo personal» porque «el secreto gubernamental no puede convertirse en impunidad gubernamental».
El comité de supervisión de Paul había citado a declarar a Erdman y previamente lo había entrevistado en una sesión clasificada. Erdman trabajó conjuntamente con el Grupo de Iniciativas del Director (DIG) del Director de Inteligencia Nacional para investigar los orígenes de la COVID-19 durante el último año.
Según su testimonio, los analistas científicos de la CIA concluyeron en repetidas ocasiones entre 2021 y 2023 que una fuga en un laboratorio era el origen más probable de la COVID-19 —dijo Paul en su declaración inicial—. Sin embargo, esas conclusiones nunca influyeron en la versión oficial ni se incluyeron en el informe de inteligencia. El Congreso nunca fue informado.





