*Por Enrique Guillermo Hernández*
Organizar una Copa del Mundo es, ineludiblemente, una empresa faraónica que pone a prueba la estructura, la economía y la estabilidad de cualquier nación. Pero cuando el evento se monta sobre un polvorín institucional, con el tejido social roto, el crimen organizado operando como poder fáctico y una cúpula gubernamental carente de temple, la fiesta se transforma lisa y llanamente en un fósforo encendido dentro de un depósito de pólvora.
El Mundial 2026 en México tiene todas las papeletas para terminar a los garrotazos: una piñata donde los pedazos se los llevarán los de siempre, mientras el Estado queda sangrando.
### 1. El contraste histórico: La resiliencia del 86 vs. el descalabro actual
Para entender la magnitud del disparate, basta mirar hacia atrás. En 1986, México organizó un Mundial casi a contratiempo y contra las cuerdas, apenas un año después de que el devastador terremoto de 1985 sacudiera los cimientos del país. Sin embargo, aquella fue una epopeya de reconstrucción nacional.
El pueblo lo vivió con la esperanza genuina de levantarse de los escombros, y la inyección de turismo y obras públicas derramó de alguna manera hacia la sociedad, sirviendo como válvula de escape y símbolo de unidad.
Cuarenta años después, la realidad es diametralmente opuesta. No hay catástrofe natural que una a la nación; hay un descalabro político y de seguridad sin precedentes.
La paradoja ideológica golpea de frente: gremios docentes y sindicatos, históricamente la base militante y el sostén de la izquierda oficialista, hoy amenazan con boicotear el evento que organiza su propio gobierno. La calle demostró que el relato no llena la olla, y el hartazgo frente a la precarización rompió la baraja.
### 2. El pozo financiero: El fantasma de Brasil y los elefantes blancos
A nivel económico, la ruina está cantada. El antecedente de Brasil 2014 dejó una lección dolorosa y cara: las obras faraónicas, la sobrefacturación y la burocracia estatal crearon «elefantes blancos» —estadios que hoy son depósitos o estaciones de autobuses— que arrojaron pérdidas millonarias. Brasil, con todas sus tensiones, gozaba de una estabilidad institucional infinitamente superior a la del México actual.
En el México de 2026, con la kilométrica y costosa remodelación del Estadio Azteca y otras sedes, el agujero negro fiscal será histórico.
Aquí no hay sueño de campeón que valga. Incluso si la selección mexicana tuviera el milagro deportivo de levantar la copa —la máxima ilusión de la afición—, el dinero desviado de las arcas públicas para sostener esta kermés no se recupera más. El bolsillo del Estado quedará en terapia intensiva.
En aquel entonces, en un país con tasas de criminalidad brutales, la FIFA aplicó el manual de la mano dura: militarización total de las zonas turísticas, contratación de milicias privadas, anillos de seguridad infranqueables y _Fan Fests_ blindados para que el extranjero no se enterara de lo que pasaba a tres cuadras del hotel.
Los cárteles y las células criminales saben que meterse directamente con la FIFA es pegarse un tiro en el pie, ya que les cortaría el flujo de blanqueo, las rutas de lavado y la vidriera internacional. Entre mafiosos, la regla de la conveniencia suele primar, y es esperable una suerte de tregua forzada en los perímetros mundialistas.



