*Por: Enrique Guillermo Hernández*
No se coman la pastilla de los titulares internacionales. Los últimos anuncios de Díaz-Canel no son una «revolución 2.0», son el segundo acto de un remate por cierre definitivo.
Si hace unos meses analizábamos cómo el régimen se preparaba para salvarse a costa del pueblo, hoy la maniobra ha quedado al descubierto: no es apertura, es una operación quirúrgica de la casta para blindar su subsistencia mientras el país se desangra.
*El blindaje de la cúpula: Cuando la descentralización es una trampa*
El gobierno lo vende como el «mayor paquete de reformas en 15 años». La realidad es otra: es un mecanismo de supervivencia pura y dura. Al delegar «autonomía» a municipios y empresas, el régimen no busca eficiencia; busca deslindar responsabilidades.
Cuando la luz se corta y la comida falta, ya no es el Estado el culpable, es el «gestor municipal» o la «mipyme privada». Han atomizado la culpa para blindar el poder central.
*El exiliado como pagano: El cinismo de convertir «gusanos» en «socios»*
La jugada más cínica es el llamado a la inversión de la diáspora. Saben perfectamente que ningún pez gordo —ningún inversor serio con dos dedos de frente— va a poner un dólar en un sistema sin seguridad jurídica, donde la propiedad privada es un concepto relativo.
Pero no buscan a los magnates; buscan la chequera del cubano de a pie que vive afuera. Es una apuesta sentimental: explotan el lazo familiar para que el exiliado financie, sin saberlo, la nómina y los insumos que el Estado ya no puede proveer. Es convertir a los antiguos «gusanos» en el salvavidas financiero de los mismos que los expulsaron.
*Feudalismo con nombre moderno: La subcontratación de la crisis*
Esto no es liberalismo económico; es feudalismo con todas las letras. El régimen se desprende del «lastre» de los servicios públicos y deja que el pequeño empresario asuma el riesgo de operar en una economía colapsada. El Estado ya no quiere ser el dueño de la panadería, porque la panadería da pérdidas; el Estado ahora quiere ser el dueño de la harina.
Ellos controlan la aduana, el combustible y las divisas. El privado pone el capital y el esfuerzo; ellos ponen las reglas y se quedan con la renta. Es una sociedad de riesgo asimétrico: las pérdidas son del privado, las ganancias son del General.
La reciente resolución que permite al Ministerio del Interior congelar cuentas bancarias sin aviso es el candado de seguridad: si el privado crece demasiado, o si la «apertura» se les va de las manos, el verdugo está listo para intervenir.



