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Por: Jota Ce Ce

LO QUE ELEGIREMOS EN 2024

Aplicando una visión simplista, muy reduccionista, diríamos que en este 2024 que corre los mexicanos habremos de votar para elegir a cientos de cargos de (presuntamente) representación popular. Esto se debe ampliar estableciendo que este mismo proceso se estará realizando en más de la mitad del mundo.

Pero tal vez convendría alzar más la vista, ampliar el contexto y reconocer que lo que realmente estaremos eligiendo es el país de los siguientes años, 10, 20 o 30, no lo sé de cierto, pero lo que está en juego lo es la clase de país que queremos ser: o uno que se presenta de cara al futuro y alcanza a  ver la herencia que esta generación dejará para quienes nos sucedan o, dos, estar optando por este fallido plan de “transformación” que nos han querido vender, que siga la fiesta pues.

No hablamos de las opciones personificadas que se nos están presentando sino de los proyectos que están ofertando, ambos muy distantes uno de otro y en lo único que parecen coincidir es que parecen irrealizables los dos. En ninguno subyace aparentemente el llamado (que debe ser urgente) para la unidad nacional, la convocatoria para la comunión de esfuerzos y detener la polarización a la que ha llevado la autodenominada 4T, piltrafa emanada de los resabios de un ánimo mal escondido por cobrar revanchas y querer regresar al pasado… y de la peor manera.

Y es que la elección resulta altamente contrastante: por un lado, la opción que ofrece ponerle un segundo piso a lo que supuestamente va “extraordinariamente bien”, que ofrece mas brillo a lo que se ha hecho en los años recientes, exponiendo la narrativa que se inunda de filtros, que se resiste a la autocrítica porque su “hacedor” así lo ha impuesto, así lo ha decidido y mal haya quien lo rebata.

Y por el otro lado, lo que parece ser la pugna entre una visión persona, un diagnóstico por mucho compartido, de que las cosas andan mal pero la visión topa con las paredes que le imponen los grupos que la postularon y se abandera.

Lo cierto es que somos una nación a la cual no se le ha encontrado su “caja de Pandora”, aquella que revela las grandes sorpresas, la de los anhelados tesoros. En esta esquina, la visión de que ya se halló, la del cansino discurso de que estamos viviendo el sueño buscado por décadas, a golpes de saliva, engañando diariamente mientras que el país se desarticula, se “cacharriza” y se destruye lo que en años de esfuerzo se construyó.

En el otro lado, el esfuerzo que luce exiguo por convocar por a rehacer lo que se está deshaciendo, luchando contra invocaciones al desastre. Pensemos que en lo reciente: la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos declarando que el organismo debe desaparecer sin ofrecer más argumento que entre líneas, dejar al libre entendimiento que al Tlatoani en turno le estorba.

Y es que al acercarse al término de este sexenio ya se está empezando a guardar la basura debajo de la alfombra, se está intentando, todo debe quedar reluciente para lo que se espera sea otro lapso en el que la secta y su líder cobijen a México bajo su interpretación muy especial de que no debe haber más leyes ni régimen que estorben su proyecto, así sea regular, malo o pésimo. Todo debe quedar al gusto del “patrón”.

Así llegarán a las elecciones del 2 de Junio, entre un México al que se convoca a votar así sea siendo testigos los mexicano de que el territorio se desangra por la violencia imperante; que no está creciendo porque en el país no se alienta el impulso económico; que paulatinamente se dirige a un estado de semi-ingobernabilidad porque todo al gusto y capricho se quien se erigió hace casi seis años como la “nueva deidad”.

Y ante tantos males, ante el veneno, no se oferta el antídoto. Entonces, ¿qué estaremos eligiendo los mexicano?

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