Por: Jota Ce Ce
LA ANGUSTIA DE DEJAR EL PODER
El que dice “no ser igual” no puede, se advierte, de quedar sujeto a los influjos de sus antecesores. Aquel que se dice diferente padece de lo mismo que otros padecieron, actúa en consecuencia pero al menos le queda una opción: dejar en su lugar a alguien que sea, digamos, a su imagen y semejanza.
Ya se va Andrés I y se nota que ya siente los embates de la nostalgia del poder, no le queda de otra más que irse empujando a la que quiere sea su sucesora, imponiéndole agenda, temas de campaña y hacerla convicta de los caprichos hechos “convicciones” que la Calca quiere imponer en el discurso como tésis institucionales.
Andrés ya dictó su testamento político y eventos recientes dan fe de que a su heredera le será complicado hacerse de lo que heredará. ¿Cómo es que la hará para desentrañar el cúmulo, miles, de mentiras que Andrés Ie dejará en custodia? Empezando por lo esencial; un país que, sostiene, vive “feliz, feliz, feliz”. El país de los ciento ochenta mil muertos que por decreto sostendrá que es cifra menor de los que hubo con los gobiernos “neoliberales”. Grabado en piedra queda.
Herencia que incluye a una situación económica frágil, endeble, que habrá de estallar en 2025 para revelar que la mayor parte se gastó en obras para satisfacer caprichos (y para enriquecer a familiares), en hacer pálidos intentos por rehacer sistemas de salud y educación que terminaron siendo un fiasco y que esencialmente se dirigieron a hacer campaña para tratar de pavimentar el camino hacia la gloria del recuerdo.
Grave carga de la herencia será el ver que fueron casi seis años de agazapar al país, de tratar de esconderlo del mundo, que hizo que México casi se hiciera invisible a los ojos de los demás países merced a una visión chata del internacionalismo y además, que no fue gratis, casado con una ideología desfasada, dogmática que no generó afinidades sino todo lo contrario.
Lo más duro de creer y aceptar como promesa de campaña lo es la eventual erradicación de la corrupción, fenómeno que en la 4T se enquistó y sobrevivió bajo las condiciones únicas que imprimió el régimen. No se puede negar: el régimen de Andrés es producto nato de la corrupción, un sistema de origen corrupto que durante cinco años se ha mantenido vigente y en favor de unos cuantos, mientras más cercanos mejor. La premisa fue que “antes se robaba más” en base, claro está, a los “otros datos” que nunca se presentaron.
Lejos está Claudia de moverse de donde la colocaron, y tardará, si es que así sea su voluntad, alejarse siquiera dos pasos. Y es que la estará vigilando, casi podría decirse que le estarán dictando lo que puede y debe hacerse. ¿O es que acaso se mantendrá culpando a un pasado del que ya forma parte Andrés I? Porque este gobierno, el que va de salida, resultó más liberal y conservador que los de los molinos de viento que fueron fantasmas para Andrés.
Y ya empezó la tarea de alejarse del seguro juicio final, obra que se supone es atribuible a “genios” de la política tal cual se supone a AMLO. Lo mismo alejarse de la opinión (¿acusaciones?) que se extiende de la cercanía del gobierno con el crimen organizado. Se intentó hacerlo en primera instancia, con un video marca Epigmenio, mostrando encapuchados, armados, dirigiéndose en tono burocrático al pueblo de México para hacer constar que el gobierno de Andrés no tiene nada que ver con ellos.
Y luego el “portazo” de Palacio Nacional tras el cual viene la confirmación de que la FGR no es, como en el caso de la CNDH, un organismo autónomo sino aparato al servicio del poder ejecutivo.
Son tal vez, expresiones puras del que se va no sin antes mostrar la angustia que le produce dejar el poder.





