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Las versiones oficiales mienten, minimizan, nos hacen gaslight, mientras nosotros tenemos miedo, ansiedad y estamos condenados a estar en nuestras casas, a movernos lo menos posible.

Por Daniela Saenz

Al principio, todo era una simple noticia en el periódico sobre un personaje conocido que había sido extraditado a Estados Unidos, era como una noticia de esas otras, donde no nos toca, donde una no veía la gravedad y las consecuencias de todo lo que se vino.

Al día siguiente desperté a mi pareja con un café y la noticia de que habían matado a Cuen, el diputado y ex rector de la UAS. Ahí supe que no era una casualidad y nada comenzó a serlo en los días que siguieron y que siguen sucediendo. 

Creímos que sería como los dos culiacanazos anteriores, que duraría un día o dos y después del caos volveríamos a nuestras vidas, a la vida, pero eso no pasó. No alcanzamos a calcular que duraría días, semanas y ahora meses, ahora creemos que nunca va a acabar, no vemos el final de esto.

Las primeras semanas se supo de negocios que no podían sostener la soledad de las calles, el centro de la ciudad desértico. Después fueron los restaurantes, cadenas nacionales cambiando sus horarios.

Ahora ves a los meseros y los músicos de banda en los cruceros, haciendo “su trabajo” y pidiendo dinero para traer el sustento para sus familias. Los conciertos, los cursos, se han cancelado, todos tienen miedo de venir y ahora hasta da miedo irse porque las carreteras son tomadas todos los días, bloqueos, autos incendiados, ponchallantas.

Al principio solo eran los accesos a la ciudad, ahora no solo son asesinatos, ahora son secuestros diarios, robos de autos, incendios a negocios que se niegan a pagar por existir. 

Las versiones oficiales nos decían que los carros incendiados por la ciudad eran por cortocircuitos, que el tren que bloqueó la ciudad por horas fue por fallas técnicas mientras todos vimos las fotos de la cabina baleada. 

Las versiones oficiales mienten, minimizan, nos hacen gaslight, mientras nosotros tenemos miedo, ansiedad y estamos condenados a estar en nuestras casas, a movernos lo menos posible.

Una sale solo a lo necesario, por despensa, agua, medicinas, todo mientras el sol no se oculte, hay una regla no escrita, un toque de queda no dicho. Queremos creer que nos dejarán en paz mientras la luz del sol alcance a verse.

Cuento y no los días, porque a veces hay quien recuerda cuánto llevamos en esto y al mismo tiempo quiero creer que ya no será necesario hacer marcas en el calendario. Pero tenemos que seguir adelante, ir al trabajo, pagar la luz y el agua. 

Nos hemos acostumbrado a reunirnos de día, para poder celebrar cumpleaños de amigos o simplemente para verlos. 

El miedo es constante y comprensible, uno sale al súper a donde sea y ver militares, Guardia nacional, Estatales encapuchados con armas de alto calibre en vez de hacernos sentir seguros, hace sentir que no deberíamos estar viviendo nada de esto. 

Sales con paranoia, sospechas de todos, todo lo que quieres es regresar a casa. Uno ha aprendido a calcular la distancia y si son balazos sueltos o ya es balacera, todo está en el ritmo, en el diálogo, en la respuesta.

Hay parques y lugares verdes preciosos que ahora están desiertos, compré una caminadora para hacer ejercicio y ahora hacerlo en el exterior es la posibilidad de padecer un terror, un incidente, un robo, un algo.

Es un contraste con el espíritu feliz del sinaloense, bailador, alegre y con ganas de hacer amigos. Ahora hay silencio, ya no se escuchan los corridos. 

Como si fuera un checklist, ahora todos tenemos un muerto en la colonia, un robo a alguien del trabajo, un incendio cerca de alguna casa de un pariente o amigo, esto nos está alcanzando a todos.

Tenemos de todo, miedo, coraje y síndrome de Estocolmo, porque a veces, hasta agradecemos llegar en una sola pieza a casa y poder seguir trabajando para pagar la renta del lugar donde pasamos el encierro.

Hay desesperación, hay cambios de planes, hay navidades que serán fuera. La gente que puede está deseosa de irse, de salir, de sentir que puede festejar lo que en otra época sería lógico celebrar, hay ganas de sentir que la vida es otra y recordar qué es salir a la calle a hacer quién sabe qué cosa, pero salir sin miedo.

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