Por Enrique Guillermo Hernández
Irán es un paciente en la mesa de operaciones al que se le están fallando todos los órganos vitales simultáneamente.
No es un país al borde del abismo; es un país que ya dio el paso al frente y solo está esperando el impacto. Para entender la magnitud del desastre, hay que mirar a los actores que empujan y a los que intentan frenar la caída.
1. La Esquizofrenia Nacional
La República Islámica vive una doble vida insostenible. En la calle, impera la rigidez del chador, los lemas de «Muerte a América» y una moral de cementerio.
Pero de puertas para adentro, en los livings de Teherán, respira una sociedad occidentalizada, culta y harta, que desprecia la burocracia clerical.
El Islam chiíta, pólvora de la revolución del 79, hoy es visto por la juventud como un simple sello de goma para la corrupción.
2. El Cirujano de Manos Atadas: Masoud Pezeshkian
Aquí entra la tragedia política del momento. Masoud Pezeshkian llegó a la presidencia en julio de 2024 como la última válvula de escape del sistema. Un cirujano cardíaco de profesión, reformista moderado, que prometió curar al enfermo sin matarlo.
Su mandato ha sido un péndulo humillante, un «vaivén» constante con el Líder Supremo:
El Intento: Pezeshkian intentó aflojar la soga del hiyab obligatorio, argumentando que la «lógica» y no la «fuerza» debía regir. También propuso mover la capital para huir de la sequía y pidió diálogo con Occidente para levantar sanciones.
La Realidad: Cada vez que intenta operar, el sistema le corta la luz. Jamenei lo usa como escudo humano: deja que Pezeshkian prometa mejoras para calmar a la calle, pero luego suelta a los perros de la Guardia Revolucionaria para reprimir.
Hoy, Pezeshkian es un presidente decorativo, un reformista que ha tenido que tragarse sus palabras y culpar a «enemigos extranjeros» para no ser destituido por «ilegítimo». Es el rostro amable de una dictadura que ya no tiene amigos.
3. El Mapa del Poder y el Terror
El régimen no es un bloque, es un nido de víboras:
El Líder Supremo (Ali Jamenei): El árbitro final, anciano y desconectado, cuya biología es el mayor secreto de estado.
La Guardia Revolucionaria (IRGC): El verdadero dueño del país. Un imperio mafioso con uniforme que controla desde las telecomunicaciones hasta el contrabando de petróleo.
Los Basij: La carne de cañón. Voluntarios fanáticos, adoctrinados y pobres, encargados de la represión sucia en las calles. Son los que golpean sin preguntar.
Para el iraní promedio, harto de la oscuridad medieval, Pahlavi representa la memoria de una era dorada (idealizada o no) y la única alternativa visible de unidad nacional fuera del Islam político. Su figura es el espejo en el que los Ayatolás no soportan mirarse.




