Por Enrique Guillermo Hernández
Todo lo que hay que saber para entender la realidad del México actual por: Enrique Guillermo Hernández
Capítulo I: La Semilla, el Tío Sam y el León de la Sierra
Toda historia de imperios tiene un origen humilde. A finales del siglo XIX, miles de inmigrantes chinos llegaron al norte de México para sudar sangre construyendo las vías del ferrocarril.
En sus equipajes traían un secreto botánico: la amapola. Comenzaron a sembrarla en las zonas inaccesibles de la sierra del «Triángulo Dorado» (Sinaloa, Durango y Chihuahua) para extraer opio. Los campesinos locales, asfixiados por la pobreza extrema, pronto descubrieron que esa flor exótica pagaba muchísimo más que el maíz.
Sin embargo, el verdadero acelerador de esta maquinaria no fue un criminal, fue el gobierno de Estados Unidos. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, Washington necesitaba morfina por toneladas para sus soldados en el frente, pero las rutas de Asia estaban bloqueadas por Japón.
El «Tío Sam» miró hacia su patio trasero y fomentó, de manera extraoficial, que los campesinos mexicanos plantaran amapola a destajo. Así nacieron los «Gomeros» (por la goma de opio).
Cuando la guerra terminó, Estados Unidos cerró el grifo legal, pero en la sierra de Sinaloa ya habían probado el poder del dólar. En los años 60, apareció un hombre que cambiaría las reglas del juego: Pedro Avilés Pérez, el «León de la Sierra».
Avilés no era un simple gatillero; fue un visionario de la logística. Fue el primero en darse cuenta de que transportar droga a lomo de mula por las montañas era cosa del pasado. Compró avionetas Cessna y transformó el contrabando en una industria aérea.
Bajo su sombra, comenzaron a trabajar como simples peones unos jóvenes ambiciosos que luego dominarían el mundo: Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto «Don Neto» Fonseca y un escurridizo operador llamado Joaquín «El Chapo» Guzmán.
Capítulo II: Empresarios de Seda y el Peaje Colombiano
En 1977, el Ejército mexicano lanzó la «Operación Cóndor», arrasando la sierra con fuego y plomo. El León de la Sierra fue abatido, pero sus alumnos más aventajados tomaron su dinero y sus contactos, y huyeron a la gran ciudad. Allí fundaron el Cártel de Guadalajara. P
asaron de ser forajidos con botas enlodadas a empresarios que vestían trajes de seda, compraban bancos y se codeaban con la alta sociedad.
El cerebro detrás de esta transformación fue Miguel Ángel Félix Gallardo, el «Jefe de Jefes». Frío, calculador y con modales de banquero, Félix Gallardo hizo la jugada maestra que cambió la historia. En los años 80, la DEA y la Guardia Costera estadounidense les habían cerrado a los colombianos (como Pablo Escobar) sus rutas de cocaína por el Caribe.
Félix Gallardo levantó el teléfono y les ofreció a los capos de Cali y Medellín una solución: usar los 3.000 kilómetros de frontera terrestre entre México y Estados Unidos.
Pero Félix no quería un pago en efectivo por hacer de chofer; impuso que se le pagara en especie, quedándose con hasta el 50% de la cocaína que cruzaba. México dejó de ser un simple puente logístico para convertirse en el dueño absoluto del peaje norteamericano.
Fue en esta época de abundancia donde brilló «El Chapo» Guzmán. Bajito, hiperactivo y obsesionado con la eficiencia, Guzmán inventó los «narco-túneles». Copió la ingeniería civil para construir túneles bajo la frontera de Tijuana, equipados con rieles, iluminación y aire acondicionado, logrando mover toneladas de cocaína hasta Los Ángeles en menos de 48 horas.
Capítulo III: El Sacrificio de Kiki Camarena y la Furia de Washington
El imperio de Guadalajara se sentía intocable, pero la soberbia fue su condena. El principio del fin tiene nombre y apellido: Enrique «Kiki» Camarena.
Camarena era un agente especial de la DEA, un exmarine nacido en México y naturalizado estadounidense, que se había infiltrado en las entrañas del cártel.
Kiki descubrió el secreto mejor guardado de la organización: el Rancho Búfalo, en el estado de Chihuahua. Era una inmensa plantación de marihuana de más de 1.000 hectáreas donde trabajaban miles de campesinos en condiciones de esclavitud, propiedad de Rafael Caro Quintero (socio principal de Félix Gallardo).
Gracias a la inteligencia de Camarena, el Ejército mexicano y la DEA allanaron y quemaron el rancho en 1984. Caro Quintero, un hombre impulsivo, violento y que solía llevar pistolas con diamantes incrustados, perdió miles de millones de dólares en un solo día. Su ego no lo soportó.
En febrero de 1985, policías corruptos secuestraron a Kiki Camarena a plena luz del día en Guadalajara. Lo llevaron a una casa de seguridad donde fue sometido a una de las sesiones de tortura más brutales de las que se tenga registro.
Caro Quintero y sus hombres le destrozaron el cráneo, la mandíbula y lo quemaron. Para prolongar su agonía e interrogarlo, llevaron a un médico (Humberto Álvarez Machain) con la orden exclusiva de inyectarle adrenalina y mantenerlo con vida mientras lo torturaban durante más de 30 horas.
A diferencia del Chapo, que buscaba los reflectores, El Mayo Zambada era un fantasma. Un hombre de campo, siempre con su sombrero, que entendió que la verdadera guerra se ganaba en los escritorios. Mientras otras facciones se mataban a tiros, Zambada se dedicó a corromper sistemáticamente a generales, gobernadores y jueces. Se convirtió en el estratega invisible que blindó a Sinaloa durante décadas.
El punto de no retorno ocurrió en mayo de ese año: sicarios de los Beltrán Leyva emboscaron y asesinaron a Édgar Guzmán, el hijo de 22 años del Chapo, disparándole más de 500 balas en un centro comercial.
Sinaloa finalmente ganó esta guerra interna, usando sus contactos en el gobierno para que la Marina mexicana aniquilara a los Beltrán Leyva.
Dejaron de depender de los campos de cultivo y el clima. Comenzaron a importar precursores químicos de Asia y a cocinar millones de pastillas letales en laboratorios urbanos. Se convirtieron en una corporación químico-farmacéutica ultraviolenta.
Desplegaron infantería urbana con armamento antiaéreo, tomaron como rehenes a las familias de los militares y amenazaron con masacrar a la población civil. El propio presidente Andrés Manuel López Obrador ordenó la liberación inmediata de Ovidio. A plena luz del día, el Cártel doblegó al Estado.
Todo esto creció bajo la mirada del gobierno, que optó por cederle el control absoluto de la seguridad a las Fuerzas Armadas, permitiendo que el narco se convierta en el administrador de facto en la mitad de los municipios del país.
El sistema no lo toleró. El 1 de noviembre de 2025, fue traicionado por su propio jefe de seguridad y asesinado a tiros. Antes de morir, Manzo dejó videos responsabilizando a las altas esferas políticas del estado.
Con Donald Trump nuevamente en la presidencia de Estados Unidos, la mandataria mexicana Claudia Sheinbaum enfrenta un ultimátum brutal: o el gobierno aniquila a las estructuras del fentanilo o Estados Unidos cerrará la economía mexicana con aranceles asfixiantes y declarará a los cárteles como grupos terroristas, abriendo la puerta a intervenciones militares directas.



