En la casa de la abuela, aquella mesa grande de madera en el centro de la cocina era el sitial de la magia. La maga de entonces era Domitila, aquella que cortaba las cintas a los escapularios y los ponía en sus zapatos para amortiguar el dolor de los callos.
Cuatro hornillas había en esa cocina y por encima de ellas, pegada al techo, la gran campana con chimenea para que saliera el humo. Se encendía el carbón en las hornillas que se fueran a usar y se avivaba el fuego con abanico de palma.
La despensa solo contenía ajos, cebollas, azúcar, sal, pimienta, recados y todo aquello que no necesitara frío para conservarse y que le daban aquel olor especial al ambiente.
Como tampoco en ninguna parte de la casa había manera de conservar nada en frío, la carne se compraba a diario en el mercado, solo lo indispensable para la comida del día. Se cortaba, desmenuzaba o se molía en casa. El molino de carne era un aparato de hierro con agarraderas que se ajustaban al borde de la mesa. Se metía la carne en trozos por un hueco en la parte superior y se la hacía pasar por una especie de cortadora en espiral sin fin que se movía con una manivela externa. La carne, ya molida, salía por unos agujeros y caía en tiras.
Cuando se comía puchero o algún otro guiso de gallina —por lo regular algún domingo—, era cosa de salir al patio, ir al gallinero, escoger entre las menos ponedoras la más gorda, torcerle el cuello, desplumarla, descuartizarla y a la olla.
El patio proveía también el diario consumo de huevos, además de una gran variedad de frutas: limón, naranja dulce, agria y cajera, aguacate, mamey, guanábana, anona, saramuyo, pitahaya, guayaba, y alguna más que se me escapa.
Por la tarde el arroz con leche y en la noche las empanadas de lo que hubiera sobrado de la comida, confeccionadas con masa del día hábilmente trabajada a mano, o el chocolate para hacer chuc el pan dulce que esa tarde el diligente panadero había traído en su globo hasta la puerta de la casa. Las tablillas de chocolate se batían con agua muy caliente en un cuenco y un molinillo, ambos de madera, emitiendo un sonido y un aroma únicos e inigualables.
Para los que no lo sepan o no lo recuerden, les cuento un secreto: el sonido del batidor de chocolate no es el mismo sin anillo.
Muchos otros actos de magia se daban alrededor de aquella mesa grande de madera en el centro de la cocina. Sus sabores, sonidos y aromas me acompañarán toda la vida.
PFRG–
Pedro F. Rivas Gutiérrez




