Alguna vez les he comentado que mis papás eran amigueros. Sí, tenían varios grupos de amigos, algunos que venían de mucho tiempo atrás, otros que surgieron del trabajo o del apostolado. Pero había un grupo especial: Los Chulines.
Ese grupo lo fundaron cuatro parejas de recién casados que se matrimoniaron en fechas muy cercanas y con el tiempo se convirtió, ya no en un grupo, sino en una gran familia. Una familia flexible, diría yo, porque se anexaron otros matrimonios en distintas épocas. No todos permanecieron, pero los cuatro pilares sí que lo hicieron hasta que la muerte los fue separando.
Ciertamente, había nexos de parentesco consanguíneo entre algunos de ellos, unos cercanos, algunos no tanto y otros para nada. Pero los lazos de la amistad a veces son más fuertes que los de la sangre. Ellos eran como hermanos entre sí, eran nuestros tíos y sus hijos son nuestros primos.
Compartían penas y alegrías, se ayudaban entre sí y por encima de cualquier diferencia pusieron siempre el valor de la amistad.
Guardo gratos recuerdos de sus bachatas, que empezaban con la ceremonia de preparar el ponche, sin faltar el tocadiscos o por lo menos el radio, pues eran todos excelentes bailarines. Los chiquitos de la casa en turno solo veíamos el principio, pues pronto nos mandaban a dormir.
Algunas veces eran tardeadas, entonces sí que nos dábamos gusto, como una vez que llevaron a un paletero con su carrito y nos atacamos de paletas heladas. Todo eso siempre en casa de alguno de los matrimonios, no había presupuesto para otra cosa. Total, la diversión no tiene precio.
Se fueron yendo los Chulines, la naturaleza y el tiempo son implacables. Hace unos días se nos fue la última Chulina, tenía ya cien años. Aguantadora la doña.
Quedamos los primos. No somos tan cercanos, cada familia fue agarrando su propio camino. Pero cercanos o no, somos Chulines, no como los originales —ellos fueron únicos e irrepetibles—, pero seguimos siendo los primos de siempre y aunque nos vemos poco, vibramos igual con el ejemplo que nos legaron los fundadores.
Sé que no les cuento nada nuevo, todas las familias han vivido experiencias similares en grupos parecidos, con o sin nombre. Solo me pareció que la partida de la última Chulina ameritaba relatarles esto con la esperanza de que en sus corazones se reavive el recuerdo de sus propias familias, sus propios Chulines. Con eso me doy por bien servido.
PFRG–
Pedro F. Rivas Gutiérrez





