En mi época y por mi rumbo no era bien visto que los varones practicáramos ballet. Sí, sí, ya sé, éramos retrógrados, oscurantistas, homofóbicos, decimonónicos y todo lo demás que se les ocurra. Pero así era, qué le voy a hacer. Ya pasó.
Y resulta que últimamente he estado pensando lo mucho que se me facilitarían algunas cosas si hubiera aprendido ballet.
Cuando se reparten los regalos de Navidad te toman fotos con todos los asistentes y los que alguna vez fueron niños ya crecieron.
A los de las generaciones del Gerber y de la leche que no es leche, quiero decir que es de cualquier cosa menos de vaca o cabra, parece que los estiraron como si fueran de plastilina.
Si a eso le suman que los viejos no solo dejamos de crecer sino vamos decreciendo, el resultado es que en las fotos apareces “enanizado”.
Ese es uno de los momentos en que piensas: ¿por qué no estudié ballet? Pararse de puntillas en el momento de la foto dejaría de ser un tembloroso intento si te hubieras acostumbrado al “piqué” o como se llame.
Claro que, si te pones abusado, te apoyas en el hombro del gigante que tengas al lado. Sales en la foto como chimpancé colgado de una rama, pero sonriente.
Si solo eso fuera, tal vez no hubiera pensado en el ballet. Pero también escenifiqué un episodio no publicable gráficamente. (Favor de prescindir de la imaginación, sería una falta de respeto para la figura pública del escribidor).
Ya ven que en algunos baños ponen un tapete entre la regadera y el inodoro. A veces, ese tapete resbala, sobre todo cuando pones un pie sobre el tapete y el otro fuera, en el piso.
Ya ven también que en algunas épocas del año adornan la tapa del inodoro con felpas cuyo grosor impide que la tapa se quede levantada, con el consiguiente peligro para quienes solemos desahogar ciertas necesidades biológicas de pie.
Pues se dieron las dos circunstancias, el tapete empezó a resbalar provocando la separación de los pies, mientras una de las manos se encontraba ocupada en mantener a raya la felpa con la gruesa figura de Santa Claus.
Si hubiera estudiado ballet sabría cómo hacer un “split” de manera elegante. Pero el único que conocí fue el “banana split”, que obviamente sobra en casos como ese.
Pensamiento inútil, por cierto, el de estudiar danza, porque el hubiera no existe y al ojalá lo mantiene fuera de toda posibilidad la artritis.
Así que a seguirse colgando de los gigantes y teniendo cuidado con tapetes y felpas. ¡Feliz año nuevo!
PFRG–
Pedro F. Rivas Gutiérrez




