Por: Jota Ce Ce
UN 3 DE AGOSTO DE 2024
Los tiempos son ideales, se prestan, para que uno eche a andar la imaginación y le de vuelo a ideas y concepciones que se quieran y deseen. Suele pasar que los escenarios que aparezcan no sean precisamente los que uno quisiera pero el ejercicio resulta sano.
Así es como nos llega la idea de vernos en el día 3 de Agosto del 2024, apenas dentro de unos meses, unas semanas, recién culminado el proceso electoral que se vive en México, largo, muchas veces tedioso y hasta exasperante, que esperemos sea eficazmente cuidado y conducido. Nada mejor que imaginar.
Ante todo, esperamos ver un México que haya vivido en paz el día anterior, que en las miles de casillas instaladas (esperemos que todas se instalen) las cosas hayan transcurrido en armonía, en paz, que los incidentes (en caso de haberlos) hayan sido muy menores y que nada haya empañado la jornada.
Que esa misma noche nos hayan dado a conocer los resultados, que se hayan aceptado con civilidad por parte de los contendientes, que no se aproveche el momento para lanzar acusaciones que enardezcan a los bandos y resulten combustible para el estallido de presuntas inconformidades.
Que desde Palacio Nacional se lance un menaje en favor de la unidad y se reconozca que fueron unos comicios apegados a la legalidad, no al capricho y gusto de Andrés I, que si su partido ganó no exalte hasta el paroxismo pero si perdió, no invoque a la rebelión.
Hasta ahí llega la imaginación porque en el camino se interpone la realidad que no quiere alejarse, se hacen presente los temores de que el autollamado Gran Tlatoani en turno patalee y rechace los resultados, que vomite desde el púlpito su lo más recóndito de sus odios y animadversiones y llame a la sublevación de los suyos. Eso pudiera ser parte de lo imaginado que dado lo vivido en casi seis años bien pudiera acercarse a la realidad.
No es asunto menor preocuparse del día 3 más que del día 2 de Junio, lo postelectoral llega a angustiar más que la propia jornada de las elecciones, así sea que lo imaginable que resulte turbio ensucie de origen la jornada. Y es que el culpable de que se cree esta angustia es el que se va, el ha sido y es el responsable en buena parte de este clima de animosidad que se advierte, del encono que se palpa y del clima de ánimo encendido que se percibe.
Y es que en lugar de que su preocupación sea la de que todo salga bien en el día de las elecciones, pareciera que su mayor interés es hacerla de protagonista, se encargarse de encender fuegos por donde sea, de embestir a quien se oponga a su candidata y lo que él llama “su movimiento”.
Tal vez sea, y solo tal vez, que en algo le preocupe que en lugar de que la historia lo ensalce lo envuelva en mantos de acusaciones; que en lugar de la inmunidad de la que ha vivido más de dos décadas se le termine y su destino no sea precisamente la gloria eterna sino una especie de cadalzo en vivo. Puede que ese sea el precio a pagar por decirse “no ser igual” y resultar menos bueno, o peor, que sus antecesores.
Andrés I se la pasó gritando a los cuatro vientos que al terminar su mandato él se iría tranquilo, y feliz, por el Paseo de los Vencedores, sin ninguna deuda, asumiéndose como su propio juez, que se libera de cualquier pecado o falla porque en su visión, ningún equívoco ha habido en su tarea transformadora.
Puede que la ruta sea otra, puede, y que la salida no sea por la puerta Grande sino que se le vea egresando del poder por la puerta de atrás.
Mientras, a seguir imaginando un 3 de Junio de 2024.





